Los humanos somos promiscuos y polígamos por naturaleza - Amor
Pareja

Los humanos somos promiscuos y polígamos por naturaleza

Los humanos somos promiscuos y polígamos. Esta una afirmación de Christopher Ryan y Cacilda Jethá en su obra sobre las antropología sexual «En el principio era el sexo».

Los humanos somos promiscuos y polígamos. Esta una afirmación de Christopher Ryan y Cacilda Jethá en su obra sobre las antropología sexual "En el principio era el sexo".

Los humanos somos promiscuos y polígamos. Esta una afirmación de Christopher Ryan y Cacilda Jethá en su obra sobre las antropología sexual «En el principio era el sexo».

Una sentencia que por su evidente controversia delimita Ryan. «Cuando hablamos de promiscuidad, nos referimos a la mezcla y al intercambio que realizaban nuestros antepasados» en ningún caso a un comportamiento arbitrario sino que, «sin las constricciones culturales, nuestras orientaciones sexuales derivarían en varias relaciones sexuales paralelas de diferente profundidad e intensidad, como nuestras amistades, que varían entre ellas», reflexiona Ryan.

Darwin se equivocaba

La mayoría de los humanos vivimos en sociedades que siguen el llamado discurso convencional de la sexualidad, que defiende que el humano es monógamo por naturaleza, aunque defina al hombre como a un animal ansioso por «esparcir su semilla»; mientras que la mujer protege sus limitados óvulos de aquellos que no le aseguran la supervivencia de sus descendiente, «vendiéndose» al que más recursos le ofrezca.

El problema surge, para Ryan y Jethá, cuando esta imagen se refrenda en estudios realizados por Charles Darwin hace 150 años en una sociedad victoriana puritana cuyo estudio de los primates, base de la tesis de la pareja de investigadores, estaba en pañales. «Darwin siempre estuvo muy interesado en los datos que cuestionaban sus teorías, si viviera ahora las revisaría a la luz de los descubrimientos más recientes», afirma Ryan.

Cuerpos hipersexuales

Frente a la contención que pregona el discurso convencional, el cuerpo humano cuenta una historia diferente.

Basándose en diversos estudios, Ryan y Jethá explican cómo el cuerpo del hombre está diseñado para una gran actividad sexual que supera lo necesario para la reproducción.

Esto se observa en indica la desproporción del volumen testicular respecto al resto de primates y la eyaculación de un semen que no solo busca la concepción, sino la destrucción mediante agentes químicos de espermatozoides procedentes de otros machos que puedan encontrarse en su camino, lo que invita a entender que la mujer también busca tener varios compañeros y potenciar la competencia espermática en busca de la mejora de la especie.

Además, una alta actividad sexual favorece tanto la salud del hombre, como su fertilidad que decrece cuando no practica sexo.

Al igual que desmitifican el hecho de que el sexo sea menos importante para la mujer, por ejemplo, gracias a su posibilidad de acumular orgasmos, de tal manera que ese placer conduce a la búsqueda de su repetición.

Tampoco comparten la idea de que la mujer sea reservada en su fertilidad para «atrapar» al macho, dado que su pecho crece con la llegada a la madurez sexual y decae con la menopausia, a lo que se une que durante la ovulación, los estudios demuestran que la mujer huele mejor y son más atractivas para el hombre. Además, durante esos días de manera inconsciente se preocupan más por arreglarse.

Incluso, entienden que la idea de la poligamia se refuerza con la «fraternidad» en la que se convierte el deseo de ciertas parejas tras años de convivencia y que explican como una modalidad de la repulsión hacia el incesto y la llamada a buscar nuevas parejas sexuales.

Aunque apuntalan otros mitos como «la mayor necesidad de cambio de compañeras» del hombre frente a la mujer, a pesar de que «ambos tienen las mismas necesidades sexuales».

Revisando el matrimonio

El libro destaca el convencionalismo que sustenta nuestra familia nuclear al contrastarlos con los casos actuales de tribus como la Kulina amazónica, que consideran el intercambio la manera natural de acentuar los lazos, o los Dagara de Burkina Faso, cuyos niños consideran que son hijos de todas las mujeres, algo que no es tan diferente al gran número de adopciones que se realiza en sociedades «desarrolladas».

Ejemplos que se completan con los nuevos modelos de familia que Ryan entiende como una constatación social de que algo «falla» en la visión sexual del hombre.

«La mitad de los matrimonios en Estados Unidos terminan en divorcios. Si la mitad de nuestros aviones se estrellaran, ¿no querría la gente variar su diseño?», se pregunta el investigador. Aunque insiste en que sus estudios son solo una evidencia de la multiplicidad de caminos, entre los que existe la monogamia «como elección, que no es incorrecta, solo contraria a nuestras tendencias evolutivas. Es como el vegetarianismo, uno puede elegirlo, pero no por ello el bacon deja de oler bien.»

Agencia EFE

 

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